El vigente campeón, Uruguay, se negó a defender el título obtenido cuatro años antes al considerar que Benito Mussolini iba a utilizar el evento para dar publicidad a su régimen fascista. Así, Italia se deshizo del que era su mayor rival para obtener el torneo y, con Schiavio y Meazza en plena forma y la ayuda de los árbitros, consiguió su primer Mundial. El partido más dramático de la competición se produjo entre Italia y España.
El árbitro permitió el juego duro de los italianos ante los Quincoces, Ciriaco, Lángara... Zamora acabó el partido con dos costillas rotas. Pero aun así España logró un empate a uno que obligaba a la celebración de un nuevo partido al día siguiente. En un robo antológico, el árbitro anuló dos goles a España y concedió uno ilegal a Italia, con uno de sus jugadores obstaculizando al portero español Nogués. En la final, Italia impuso su pragmatismo ante Checoslovaquia, a la que derrotó por 2-1.
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