Explosivos fuera de control
01-03-2007
Raúl González Peláez, alias "Rulo", que trabajó en Mina Conchita (Asturias) y está acusado de proporcionar a José Emilio Suárez Trashorras la dinamita presuntamente empleada en los atentados del 11-M, relató ante el tribunal el descontrol existente en dicha explotación en 2003. Explicó que la llave de los mini-polvorines, donde se guardaban los detonadores, se dejaba "encima de una piedra" o en un árbol en medio del monte, mientras que el explosivo lo encontraba cada mañana "en la boca de la mina" y nunca guardó el sobrante, si bien esta situación cambió tras el 11 de marzo de 2004.

Raúl González Peláez
"Rulo" trabajó como minero-artillero en Mina Conchita, donde había sido compañero de José Emilio Suárez Trashorras.
A lo largo de su declaración, en la que se mostraron fotos y un vídeo de la Mina Conchita que el ex minero iba comentando al tribunal, afirmó que su domicilio se encuentra a unos 22 kilómetros de esta explotación de mineral, donde trabajó entre marzo de 2002 y diciembre de 2003. Después, a petición suya, fue trasladado a otra explotación, llamada Mina Collada.
A Mina Conchita, llegaba todos los días en el mismo vehículo con otros tres mineros, todos ellos residentes en la localidad de Tineo, y ninguno de ellos era Suárez Trashorras. Empezaban a trabajar sobre las siete y media de la mañana, y si tocaba emplear la dinamita, primero pedían la llave al vigilante para coger los detonadores en el polvorín, y después las dejaban "encima de una piedra o en un árbol".
Por lo que respecta a la dinamita, los mineros la cogían "de ahí fuera, en la bocamina", y nunca en el interior de los polvorines, alguno de los cuales él nunca llegó a utilizar. "Cualquiera podía cogerla", reconoció el artillero. Sobre la cantidad utilizada, explicó que variaba en función de lo que necesitara cada tajo y lo que no se utilizaba, al final del día quedaban "dentro la mina, detrás de un madero", al igual que los detonadores sobrantes.
Añadió que a todo el mundo le sobraba siempre explosivo, por lo que las cajas abiertas -la dinamita venía en cantidades de 5 kilos-, se dejaban junto a los detonadores también sobrantes, y a la salida nadie le preguntaba a cada minero que cantidad de explosivo gastaba. Tampoco vio por allí jamás un Guardia Civil que controlara los explosivos.
Al ver las fotos, comentó que los mini-polvorines que aparecían en ellas "estaban muy limpios", y que cuando él trabajó allí siempre estaban cubiertos de maleza. En uno de los vídeos, grabado en junio de 2004 aparecían cajas de Goma 2 Eco en el interior de uno de estos huecos, algo que Raúl González dijo nunca haber visto, porque la dinamita siempre estaba fuera. En dicha ocasión, los agentes también encontraron dinamita en cajas abiertas y abandonada tras maderos en medio de la explotación.
Aumento del control tras el 11-M
"Cuando sucedió esta desgracia, a finales de marzo y abril, se empezó a tener más control, se explosionaban al final del día, y los detonadores se llevaban a los mini-polvorines", añadió Raúl González. Aseguró que, sin embargo, en Mina Collada siempre existió más seguridad, y los explosivos se guardaban en polvorines.
A preguntas del presidente del tribunal, Javier Gómez Bermúdez, González explicó que a él se le pagaba por metros adelantados en la mina, y luego a los mineros se les descontaba de la nómina por la cantidad de explosivos empleada. Por ello, reconoció, que su objetivo era avanzar el máximo de metros con la mínima cantidad de explosivo posible.
Insistió en que la mina no tenía ninguna vigilancia, a excepción de una barrera que flanqueaba el camino de acceso a la explotación "pero siempre estaba levantada, a no ser que el viernes, al último que saliera le diera por cerrarla". Reconoció también que desde las tres de la tarde, que era cuando los mineros abandonaban la explotación, nadie realizaba labores de vigilancia en el lugar, aparte de unos perros de caza que estaban atados.
Tras narrar la situación de la mina, "Rulo" comentó que la mayoría de las numerosas llamadas telefónicas que mantuvo con Suárez Trashorras corresponden a llamadas perdidas, porque no recuerda haber hablado mucho con él. Reconoció que buscaba a Suárez Trashorras para obtener cocaína una vez a la semana, que le compraba a 60 euros el gramos. Cuando le traía la droga, en ocasiones "nos metíamos juntos una raya".